Esos escritores llamados malditos

En el universo de la literatura, la obra de algunos autores ha sido alimentada y robustecida por las turbulencias de una vida llevada al límite y en ocasiones encaminada inexorablemente a un desenlace trágico. El sufrimiento existencial, el desvarío y el exceso, la práctica de un estilo de vida en abierto conflicto con las normas imperantes y la práctica de ritos autodestructivos ha sido el derrotero seguido, al parecer con retorcida delectación, por algunos creadores. Se los suele llamar escritores malditos. Hablemos un poco de tres personajes memorables que responden a esta denominación.

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Si nos remontamos al último tercio del siglo XIX, hallaremos en Francia a un joven de diecinueve años, que a esa edad ya había escrito lo suficiente para que la posteridad lo catapulte a la condición  –merecida, sin ninguna duda–  de genio. Una temporada en el infierno e Iluminaciones, dos cimas de la poesía, ofrecen indiscutible testimonio de la deslumbrante impronta creativa que llevaba en sí Arthur Rimbaud.

Niño aún, compuso sus primeros versos; sus profesores destacaban su inusual inteligencia; su madre tenía pensado para él un futuro de éxitos y galardones académicos. Ella le impuso siempre un rigor castrante, que incluso llegó a coartar su natural curiosidad cuando se procuraba algún libro que desafiaba su gusto puritano, propinándole bofetones que buscaban domeñar aquel espíritu rebelde que pronto pugnaría por escapar de los límites morales impuestos por el automatismo censor de una sociedad que aplana lo distinto. Poco a poco, el poeta iría mostrando su faz levantisca. Sus denuestos contra dios generaban más que miradas incómodas; las noches de alcohol y hachís, que se prolongaban hasta el amanecer, se iban haciendo cada vez más frecuentes, y sus amoríos sodomitas lo convertían en el blanco de las murmuraciones y de las miradas censoras. A la larga, aquel control impuesto por su madre, agresivo y humillante, solo conseguiría multiplicar las energías que lanzaban al joven Arthur hacia la desmesura y la disolución.

Antes de cumplir los veinte años abandona Rimbaud para siempre la escritura, deja en Francia a Paul Verlaine, su maduro amante y se dedica a recorrer en precarias condiciones algunas ciudades de Europa. Alrededor de los veintiséis años partirá a Abisinia, en África, a negociar con pieles y café, y seis años después se dedica a traficar armas, para retornar, en 1891,  a Francia, con un dolor de origen reumático en la rodilla derecha que se complicará y hará necesario que se le ampute la pierna. Aquel joven poeta que había dejado una obra imperecedera cuando apenas dejaba la adolescencia, terminará agonizando a los treinta y siete años en una yacija mugrienta de un hospital de Marsella, convertido al catolicismo e implorando el perdón de dios, asido de la mano de su hermana.

La vida de Rimbaud inspiró a su vez a algunos escritores que transitaban también por la senda de la desmesura. Henry Miller, otro gran aventurero, díscolo y libertino, le dedicó un magnífico ensayo, El tiempo de los asesinos, en donde traza el itinerario vital seguido por Rimbaud en un mundo que por entonces anunciaba ya su bancarrota existencial, aquella que espíritus esclarecidos como Rimbaud oteaban ya en pleno siglo XIX, y  el horror de Auschwitz, Hiroshima y el Gulag no harían sino confirmar en el siglo siguiente. Miller vivió en medio del caos, la incertidumbre y el arrebato sexual buena parte de su vida, escribiendo febrilmente tras la idea obsesiva de dedicar su vida solo al oficio de narrar. Viajó a Francia y en medio de penurias de toda laya publicó una de sus novelas más emblemáticas, Trópico de cáncer. La obra logró hacerse de un reconocido sitial en el escenario literario, aun cuando la censura timorata condenó su tono procaz. A pesar de ello, Miller se convertiría paulatinamente en un autor reconocido. Pero la fama no domesticó su estilo. Su escritura conservó siempre su cariz rebelde y escandalosamente salaz: Henry Miller nunca cesó de vadear contra la corriente.  Obcecado hasta el final de sus días en vivir plenamente, muy anciano ya y en silla de ruedas, cortejó a Brenda Venus, una modelo de pasmosa belleza. No obtuvo de ella más que tiernos besos en la frente y abrazos quizá de calidez filial, pero en las cartas que le escribió (y que serían publicadas por esta musa algún tiempo después) quedó retratada, a través de pasajes escritos con el mismo arrebato de sus épocas primeras, la intensa pasión que Brenda despertó en él.

Imposible soslayar en este breve recuento al gran Charles Bukowski. «Maestro máximo del relato corto moderno»: es el título que le adjudica uno de sus personajes a su álter ego en alguno de sus cuentos. El autor de La máquina de follar, al igual que Miller, atravesó penurias indecibles en el camino que pertinazmente decidió recorrer para convertirse en escritor. La bebida, la violencia y el sexo son partes esenciales del panorama vital de Bukowski, y materia de elaboración de su narrativa, expresión esta de un estilo que en algún momento empezó a ser conocido como «realismo sucio». Inquilino precario de pensiones malolientes, desempeñó decenas de actividades laborales, una más extraña y desagradable que la otra, antes de permanecer doce años como cartero. No solo su talento, sino la insistencia maniaca con que seguía escribiendo y enviando sus textos a diversas revistas, obraron una transfiguración prodigiosa y su vida, aunque quizá tardíamente, dio un vuelco radical. Recién al llegar a la cincuentena la fama le daría el encuentro, y con ella, se aproximarían también las mujeres que nunca tuvo, el dinero que le fue escaso y la revistas y editoriales que antes lo confinaban al mundo underground en el que empezó su carrera.

Un filme sobre su vida se rodó con un guión escrito por él mismo. La historia de esta experiencia la narra Bukowski en Hollywood, una de sus últimas novelas. Pero el éxito no lo hizo cambiar de rumbo. La casa en un barrio acomodado de California, su McIntosh (a la que rinde tributo en los pasajes de sus diarios), la piscina, el jacuzzi y el auto nuevo no agostan el pulso vigoroso y transgresor de su prosa. En sus obras no sólo seguiremos hallando el salvaje lirismo de sus aviesas historias y el connubio con el ritual propiciatorio de la intoxicación alcohólica, sino en pareja medida el compromiso de seguir escribiendo sin hacer concesiones al establishment.

Los nombres convocados aquí se enfrentaron a un destino singularmente incierto. Su vocación fue puesta a prueba y resistieron. Unos con mejor suerte que otros. Son ellos personajes que crearon inmortal literatura a costa de las circunstancias aciagas que enfrentaron; a pesar de los obstáculos que suelen encontrar en el camino aquellos creadores que osan desafiar de manera radical las normas consagradas por el statu quo.

* Este post es una colaboración de José Antonio Tejada, docente de la Universidad Privada del Norte.

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6 Respuestas

  1. Alberto J. Fernández Meilán dice:

    Muy interesante el articulo del colega Jose Antonio , sin embargo echo en falta que no se mencione ningún escritor en nuestra lengua, pues perfectamente y remontándonos también al siglo XIX, podríamos incluir a José de Espronceda o Mariano José de Larra ,insignes representantes de la Literatura española del Romanticismo.

    • José Antonio Tejada dice:

      Gracias por su gentil comentario, colega. Me centré en aquellos escritores que son ampliamente reconocidos como escritores rebeldes y contestatarios, y con cuya obra, por razones diversas, estoy más familiarizado. Sin duda, su observación será motivo para leer con más atención a aquellos dos escritores y hurgar un tanto en su vida.

  2. Andrés Piñeiro dice:

    Estimado José:
    Te felicito por tu buen texto. Muy bien elegidos los autores «malditos». Entrañables, por cierto.
    Saludos.

  3. Hosting dice:

    En los margenes de la literatura, extramuros de la convencion social, alejados de la ortod 8 oxia de escribas dociles, a lo largo de la historia han ido apareciendo escritores para los que el epigrafe «escritor» se les quedaba pequeno.

  4. José Antonio Tejada dice:

    Muchas gracias por compartir, a través del comentario que precede a este, las líneas iniciales de un buen artículo en línea:
    https://magnet.xataka.com/idolos-de-hoy-y-siempre/las-mas-estramboticas-manias-de-los-escritores-malditos-de-la-historia-de-la-literatura

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