El diluvio de Rosaura Albina

En “El zorro de arriba y el zorro de abajo”, novela de José María Arguedas, la ciudad de Chimbote aparece como el gran escenario convulsionado por los cambios sociales. Desde ese tiempo, otros destacados escritores de esa parte del Perú han intentado contar historias de la urbe de la pesca y el acero donde confluyeron gentes de todas las regiones e incluso aventureros de otras latitudes.

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Entre estos escritores podemos referirnos a Ricardo Ayllón, Augusto Rubio, Dante Lecca o Gonzalo Pantigoso, cuyos trabajos han aparecido de forma individual o colectivamente en libros como Invención de la bahía, Tiempo de pesca o Mundo cachina. Y el mismo Luis Fernando Cueto con su novela Lancha varada, en la que ya se vislumbra su interés por mostrar aquellos espacios y personajes de Chimbote a los que podríamos llamar “marginales”.

Pero ahora hablaremos de El diluvio de Rosaura Albina, la obra más compleja de Cueto en estructura y desarrollo de personajes e historias entrelazadas en los suburbios de una ciudad bulliciosa y putañera, donde el amor, el sexo y las grandes búsquedas personales son el motor que conducen a los hombres y mujeres a encontrarse con su verdadero destino.

Algún lector imaginario que haya tenido la oportunidad de leer algunas páginas de la novela podría decir que El diluvio de Rosaura Albina solo habla de prostitutas. Que hay una tal Remedios Beteta que pone de vuelta y media a los burdeles, que ha abandonado a una hija para dedicarse al meretricio. Pero ese lector se habrá equivocado, porque solo se ha fijado en el mango de un filudo machete que destaza al puerto y pone ante nuestros ojos una época singular, de luchas y frustraciones, y rescata del anonimato a seres que fueron parte esencial en el rostro de una ciudad que empezaba a gestarse, descubriendo en su transgresión un encuentro de distintas culturas; una ciudad hecha de costeños pendejos y serranos más pendejos todavía. Y también de buscavidas para quienes los prostíbulos son el único rincón del mundo donde pueden sentirse alguien. Pero la mujer, desde su marginalidad, es la gran protagonista: arrastra pasiones, enfrenta los mayores peligros, mientras que el hombre es solo su comparsa.

Rosaura Albina es la dueña de un burdel, a quien ya en su vejez se le aparecen un par de pajarracos, que luego se convierten en una anciana y una niña. Y fue la anciana la que le anunció: “Rosaura, por carta te llegará el diluvio”. A partir de este punto es que la novela se convertirá en un encadenamiento de historias a través de variados registros lingüísticos, donde predominan el coloquial y el intimista.

A manera de crónica

Algunos amigos me piden que hable de ti, Rosaura Albina, de tu gran diluvio, como si la vida fuera un simple festín, un espectáculo vulgar que puedes ir contándole por ahí al perro y al gato cuando mejor te parece.

Pero lo que sí voy a decir es que la vida y sus desmadres dan para tantas locuras. Y tú, Rosaura Albina, fundaste un burdel en los arenales de Chimbote; sin embargo, ahora nadie puede reprocharte nada porque todo esto tiene que ver con lo que ese uruguayo famoso dijo una vez: que todos tenemos derecho al delirio.

El escritor Augusto Rubio dice en una de sus crónicas que Chimbote te manya y te frustra, que siempre ha sido así; pero tú tienes tus mañas, Rosaura, sino cómo explicas esto de sobrevivir en este puerto delirante, jodido, como otras tantas mujeres como tú, buscando sin miedo su destino. Allí, por ejemplo, está esa tal Remedios, a la que solo un hombre de los cientos que pasaron por su cama logró tocarle el corazón. Y ese Lázaro Malaespina, quien creía que la felicidad es un contrato que cabe en una hoja de papel y es suficiente para ser estimado.

Y ahora, Rosaura, que has salido a calentar tus huesos, también se han abrigado tus recuerdos y puedes decirle a este cronista impertinente que en tu puerto y en tus fronteras los hombres han sido fantoches calcinados por sus temores. Y si no es así, di entonces qué fue el doctor Beteta, sino un ave de mal agüero, un juez nada santo que se metió en tu cama para que le dictes las leyes supremas de la vida, que no están escritas  en ningún Código del Derecho.

En este mundo de héroes y villanos, el corazón juega su propio partido. Y eso te lo ha demostrado este diluvio de mujeres que cayó sobre ti: la jorobada, la chilica, la sabihonda. Todas las que alguna vez pasaron por tu prostíbulo con la esperanza de ser amadas sin un precio. Y date cuenta que aquí en tu vejez, sola, todavía amas lo que fuiste, añoras el compás de esa banda de músicos recorriendo tu local, haciendo zapatear a tus clientes, y ruegas a todos los santos que todavía alguien se acuerde de ti.

Nadie entiende los designios de la vida, Rosaura, porque bien refiere Fernando Cueto lo que escuchó antaño: “Fácil es hablar de la soga cuando otro es el ahorcado”.

Y antes de que me vaya, escucha, Rosaura, lo que he leído por ahí: No es ningún río de luceros / lo que ves a la distancia / son las luces de neón / de un puerto / que de vez en cuando existe.

* Este post es una colaboración de Gerson Ramírez, docente de la Universidad Privada del Norte.

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1 respuesta

  1. 8 octubre, 2016

    […] la oportunidad de participar de la presentación de “El diluvio de Rosaura Albina”, una de las más recientes producciones literarias de Luis Fernando Cueto, escritor chimbotano. […]

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