La sociedad como causa de la delincuencia

En los últimos días estamos más que cansados con los titulares radiales, televisivos y de la prensa escrita: “Sicario adolescente mata a médico…”, “Roban y asesinan frente a comandancia de la policía”, “Asesinan a taxistas en Cajamarca”,… etc., etc. Es sorprendente el nivel de delincuencia que salta a la luz. Menos mal que no nos enteramos de aquellos casos que no llegan a los medios de comunicación. Escucho, al respecto: “Los taxistas quieren quemar al delincuente que resulte responsable del asesinato de uno de sus agremiados”. “Aquellos que mataron a la joven adolescente deberían morir”. “Ojo por ojo, diente por diente”, expresa alguien con quien comparto también mi estado de indignación, preocupación y perplejidad.

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Sin embargo, alejados del momento y de las circunstancias directas de un hecho delincuencial, deberíamos todos (docentes, familias, autoridades y sociedad en general) mirar el bosque en su totalidad y no solamente un árbol. Claro está que si cualquiera de nosotros es sometido a respuestas reflejas, obviamente responderíamos automáticamente: si te queman la mano, la alejas del calor sin pensar; si te encuentras en peligro, huyes; si te matan a un familiar, pides la muerte para el culpable.

Pero, entonces, ¿qué se debería hacer? Si por un lado tenemos al deshumanizado delincuente y, por el otro, a un familiar destrozado que no logra comprender el acto delictivo y solamente atina a pensar en la venganza.

A quienes tienen la responsabilidad de educar, a quienes son parte del proceso educativo, en cualquiera de sus frentes, lo que nos queda es analizar fríamente los hechos.  Y los hechos, desde una perspectiva objetiva (científica) y educativa nos circunscribe en torno a Jean-Jacques Rousseau, quien afirmaba “El hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe”. El autor del Contrato Social resalta y puntualiza que los individuos nacen sin ninguna estructura  de pensamiento moral o social. El hombre capta las normas sociales que cada “pueblo”  le imparte explícita e implícitamente. Sería el Estado el que con sus instituciones se apodera de los conceptos morales y éticos, manejándolos a su antojo e imponiéndoselas con un sentido consciente o inconsciente. De allí que el hombre no nace como delincuente, sino que estas conductas se van aprendiendo a medida que el individuo se adentra en la sociedad y, obviamente, va insertando los modelos sociales que ésta le impone según las circunstancias que le toca vivir. Así, la escuela y la sociedad tendrían un grado de responsabilidad. Aunque la primera no es más que consecuencia de la segunda.

El rol de la escuela es más que primordial; considerada como institución del Estado y como extensión de lo que la mayoría de la sociedad quiere. Así, lamentablemente, existe un sector social que no responde a los requerimientos de la escuela y, por lo tanto, se convierte en la comunidad de los marginados o discriminados. Consideremos dos estudiantes: uno que trabaja toda la tarde para ayudar a su madre, pues de no hacerlo no puede cenar o desayunar; otro, que tiene toda la tarde libre, Internet y la alimentación necesaria. ¿Quién logrará el objetivo planificado en la escuela? ¿Qué pasa con el que no lo logra? Acaso no termina en la lista negra bajo el apelativo de “torpe”, “desaprobado”, “jalado”, etc.

El rol de la sociedad es aún mucho más complejo. Vivimos en una época en la que se ha generado, inexorablemente, pensamientos como el siguiente: “Tú eres lo que tienes”, “En la vida debes ser alguien”, “Si no estudias (en la universidad), fracasarás”, etc. A la par, un imperio de medios de comunicación que lo único que le importa es vender, no importando las consecuencias de los procesos, instrumentos o estrategias publicitarias. ¿Qué esperamos obtener de semejante imposición a una sociedad en la que existen marcadas diferencias económicas, raciales y culturales? Nuestra sociedad impone en sus integrantes modelos de vida que son  “recomendables”, formas de pensar  que parecen “convenientes”, maneras de proceder  que terminan siendo “eficientes”. ¿Qué pasa entonces con aquellos que no logran alcanzar los modelos? Terminan por marginarse o romper con las normas que la propia sociedad trata de instaurar para mantener su estatus quo.

Es más que explicable, entonces, nuestra situación social. La delincuencia no es sólo el resultado de una sociedad injusta, sino de una comunidad que no es coherente con lo que sus normas tratan de controlar.

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