Andrés Caicedo, escritor de culto

La gran literatura, en buena parte, ha sido obra de espíritus torturados, de seres que han compartido la ruta de un sino trágico. Hace un par de años, Leila Guerriero, periodista y escritora argentina, publicó un libro con un título chirriante: Los malditos. Los perfiles  allí reunidos –escritos por diversos autores de Latinoamérica– daban cuenta de la vida dolorosa y de los avatares creativos, entretejidos de desgracias y truculentas ironías, de algunos escritores también de esta parte del mundo.

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Curiosamente, no se encontraba allí convocada la figura de un escritor colombiano que, de modo claro, encajaría perfectamente en aquella galería. Me refiero a Andrés Caicedo. Referente ineludible al hablar del surgimiento de la narrativa urbana en Colombia, este escritor, que acabó con su vida a los veinticinco años  –alguna vez había dicho que vivir más allá de esa edad era sencillamente una insensatez–, exhibía una convergencia poco común de talentos: brillante narrador, guionista de cine, cinéfilo y crítico a la vez, novel perpetrador de dramas teatrales y melómano irredento. Alejado del estilo que en esos momentos comenzaba a ser llamado realismo mágico, el suyo se asentaba en una prosa salpicada de giros idiomáticos juveniles y en el desarrollo de historias de signo contracultural que iban de la mano con su turbulenta existencia: dos intentos de suicidio, visitas a clínicas psiquiátricas, drogas, violencia. Años después, alguien lo consideraría el «hermano mayor» de la «generación McOndo», aquella díscola cofradía literaria que ensayaba en la década de los noventa nuevas formas de expresión, alejadas de los patrones narrativos del Boom.

Su vida y su obra (que en escritores de esta estirpe significa hablar prácticamente de lo mismo) fueron objeto de un detenido seguimiento por parte de otro escritor iconoclasta, el chileno Alberto Fuguet (una de las cabezas visibles de la generación McOndo). El 2008 publicaría un libro de extraña factura: algo así como una «autobiografía póstuma», en que, en un giro nada convencional, Fuguet aparece como responsable de la «dirección y el montaje» del material reunido allí, y que sería presentado bajo el título de Mi cuerpo es una celda. Se integran allí los retazos textuales que Caicedo dejó escritos y desperdigados, y que discurren por canales distintos de la ficción, pero que traducen en igual medida el trepidante pulso literario de su autor. Encontramos en esta obra cartas escritas con las vísceras, sesudas críticas cinematográficas y lacerantes fragmentos de textos autobiográficos que Caicedo solía escribir a modo de diario, materia toda en que podemos sentir la respiración agitada de quien, como el, sufrió el vaivén trágico de una existencia en que dejaron profunda huella la incomprensión, el desvarío y la disolución,  y que tendía quizá hacia aquello a lo cual los románticos alemanes llamaban Sehnsucht: la aspiración nunca colmada a aprehender el inasible absoluto. Ya lo había dicho Novalis, el poeta romántico alemán: “El hombre busca el absoluto y sólo encuentra cosas”. Descorazonadora constatación que acaso haya sido experimentada por el propio Caicedo.

Su vida terminó un 24 de marzo de 1977. Una sobredosis de Seconal fue la vía que eligió para poner fin a sus días. La escena final parece formar parte de una leyenda. Y sin embargo fue así como ocurrió. El día de su muerte acababa de recibir algunos ejemplares de su primera novela publicada, ¡Que viva la música! Con los libros en la mesa en que solía trabajar apuró dos cartas no precisamente de despedida, redactadas a máquina y dirigidas a su novia   –con quien había tenido un disgusto–   y a un amigo español. Minutos después, la letal ingesta lo abismaba en la oscuridad definitiva.

Dos años antes, a punto de cometer su segundo fallido intento de suicidio, había escrito a su madre: «Dejo algo de obra y muero tranquilo». Nada más cierto. Esa prolífica y precoz obra lo convertiría en el escritor de culto que ahora es.

* Este post es una colaboración de José Antonio Tejada Sandoval, docente de la Universidad Privada del Norte.

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