Esa niña, no soy yo

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“Yo no soy esa que tú te imaginas
Una señorita tranquila y sencilla
Que un día abandonas y siempre perdona
Esa niña sí, no
Esa no soy yo”

De esa manera iniciaba “Yo no soy esa”, canción que popularizo Mari Trini en los años 70´s.  Es una canción que escuchaba mucho de niña y siempre la cantaba y repetía, primero de manera automática y luego entendiendo lo que para mí significaba esa letra: tenía la libertad de ser y de vivir como quisiera. Un privilegio en un país donde las mujeres muchas veces deben permanecer calladas, invisibles.

Hoy mirando hacia el futuro podemos percibir que nuestra generación y las que nos siguen, tienen un mejor panorama versus lo que nuestras abuelas y madres tenían como realidad. Y debería ser así, porque en los últimos años los indicadores de acceso a la educación, salud, trabajo son positivos para las mujeres en el mundo entero.

Sin embargo, seguimos viviendo en un mundo de desigualdades a veces pequeñas, cotidianas, a veces grandes. Muchas veces impuestas por las mismas mujeres, porque la realidad que viven no les permite ejercer como ciudadanas plenas.

Las mujeres que lean esta nota, seguramente, recordarán momentos en los que se les ha dicho que son demasiado jóvenes o mayores para algo, que es mejor que no hable muy alto, que hayan tenido miedo de caminar solas en una calle o que tuvieron que reírse de “chistes” que no lo son, porque minimizan a la mujer o la agreden, solo para “encajar”.

Esa es la realidad de la sociedad en la que vivimos y no es solo una realidad peruana. Lamentablemente estas acciones son las mínimas. La sociedad machista que perpetuamos y que genera una masculina negativa, genera formas de violencia más allá de la psicológica. En el 2021, según la ONG Manuela Ramos, tuvimos 5000 mujeres desaparecidas y 147 mujeres asesinadas.

El 8 de marzo es un día que debe llevar a la reflexión, un día para recordar que aún hay muchas brechas que cerrar y muchos puentes por construir.  ¿Qué hacemos desde nuestro rol? ¿Cómo mujeres contribuimos a erradicar la violencia en todas sus formas? ¿Apoyamos a los demás a vivir como ciudadanos con plenos derechos? ¿Cómo educamos, y nos educamos, para tener una sociedad más justa e igualitaria?

La educación es muchas veces la respuesta a todo y en este caso lo es, pero no es la única vía. Debemos descubrir, en este tema y en varios otros más, qué es lo que queremos como país. Sin ello seguiremos empujando en direcciones diferentes, con fines individuales que no contribuyen a crear y trabajar un proyecto social serio que construya.

Pensemos cómo contribuimos cada uno a que cambie ese chip mental con el que vivimos no por nuestras madres, hijas y amigas sino por nosotros mismos, para ser mejores personas. Es difícil, pero ahí está la verdadera lucha.

*Este post es una colaboración de Patricia Sánchez, decana de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad Privada del Norte.

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