Quilca, la ruta de la nostalgia en Lima

Un recorrido no exento de añoranza por esta proverbial arteria limeña, que ha cobijado a través del tiempo a bohemios, lectores y melómanos.

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Imagen del jirón Quilca en los años 30 del siglo pasado. (perú siglo xix)

Su nombre está en quechua y significa “escritura”. Tiene tantos años, que sobre ella pesan incontables anécdotas desde la época del virreinato. Todavía conserva su trazado prehispánico que servía como camino para los incas y donde artesanos indígenas ofrecían sus creaciones de barro. Quilca es una palomilla, pero sin intención. Asumió con honor las distintas etapas que pasaron por ella. Entre tantas calles, avenidas y jirones que acogieron el estilo de los españoles, Quilca siempre sobrevivió. Habría que revivir a Pizarro para preguntarle por qué decidió respetar esa parte del croquis. Tal vez el refrán que dice “Más sabe el diablo por viejo que por diablo”, sea punto de inicio para este relato.

En la época más fúnebre de Lima no había rastros de internet. Encontrar un espacio cultural era casi imposible y cualquier indicio de alguno, era candidato al exilio ¿Qué nos íbamos a imaginar que en un futuro podríamos encontrar información solo con pedírselo a Siri? Sin embargo, Quilca siempre sorprendía con alguna novedad, a veces algo rara. Se veía a lo lejos el camino de la paz, pero de pronto aparecieron como salvadores los libreros ambulantes, apoyados por el exalcalde Alberto Andrade. En la misma línea ochentera, los comerciantes movieron mar y tierra para imponerse en una zona de perdición, llevándose consigo a mujeres de la noche y entes masculinos perdidos en alcohol y cigarrillos. Tiempo después, teníamos a Quilca más empoderada y convertida en una mezquita contracultural para sus fieles devotos del rock subterráneo, la onda por el conocimiento y los refugios que como poesía profesaban el aclamado “salud”.

Quilca, la ruta de la nostalgia en Lima

Antes de que se pusiera de moda el recordado vinilo, por aquel entonces en 1997, en Quilca ya existía ese rincón inigualable para el gusto del melómano y toda clase de coleccionista. Hoy es casi un museo que exhibe en sus dos pisos toda clase de colección musical, desde la entrañable voz de Carmencita Lara, pasando por el dúo romántico The Carpenters hasta llegar a Beethoven. A diario recibe algunos curiosos en busca del recuerdo. Una jovencita pregunta por algún vinilo de Frédéric Chopin, mientras el vendedor enciende su tocadiscos para entonar la emisora 105.5 de Radio Fiesta. Nada está excluido en este espacio, todo lo que tenga melodía se encuentra.

Ya no se venden libros, ahora solo hay autos. Desde 3 soles la hora es lo que cuesta el aparcamiento en lo que fue el Boulevard de la Cultura. Ya no existe una Madame Bovary ni un Gregorio Samsa. Una solemne bandera del Perú proclama la bienvenida a todo aquel vehículo que pase. Un hombre con estilo despreocupado interviene entre el silencio y el olvido con una afeitadora en las manos. Se mira frente a un pequeño espejo roto y se afeita. Al terminar hace uso de una escobilla de ropa para lavar su instrumento. Cruzando la pista, hacia la acera de enfrente, todavía quedan pequeños rastros de refugios lectores. Un hombre de viajes literarios se encuentra sentado, sus piernas han dejado de recorrer imaginariamente las páginas. Quilca también es moderna. Se adecua a las distintas épocas, por eso exhibe las portadas de las deslumbrantes Evas del siglo XXI de la revista Soho en todas sus ediciones. Las sonrisas prolongadas de dos mujeres se hacían notar entre los transeúntes.

Quilca, la ruta de la nostalgia en Lima

La taberna Queirolo ha sido por décadas un referente de la bohemia limeña. (Gabriela Tapia)

Para que el frío no espante a los transeúntes, un venezolano pasea con un carrito de café. Va pregonando como en aquellos años de nuestra antiquísima Lima, pero de un momento a otro se detiene para ver los pósteres de Gabriel García Márquez, Karl Marx, Vallejo, Mariátegui y Mahatma Gandhi. Quilca atrae a cualquiera. Un zapatero canta “Viva el Che y los Rolling Stones”, mientras lee un periódico. Su música se pierde entre las calles.

El Centro Contracultural El Averno está cerrado. Letras del tamaño de las ventanas anuncian el local en venta. Ya no se escucha a Cachuca de la banda Los Mojarras, protestando con ritmo Nostalgia Provinciana. Miyagui ya no expresa sus sentimientos hacia el Estado. El único lugar del infierno con aire acondicionado, como solía llamarse, ya no recibe ilusiones artísticas. Ya no pasan por sus interiores chiquillos de carpeta y salón, ni universitarios abrumados por las clases. Su fachada ahora está de blanco minimalista. Pedro Ponce de la librería Rocinante cuenta que César Vallejo vivió 720 días en esa zona. Se levantaba muy temprano a tomar desayuno en una tienda ya olvidada, para luego dictar clases en el Colegio Guadalupe. Cerca del lugar una casa anuncia la oferta de botellas de vidrio y en sus balcones un gato pasea de manera privilegiada entre las plantas que han perdido su brillo natural. Se asusta al escuchar que un hombre, casi perdido entre las copas infinitas de trago, intenta recitar un poema a El Averno. Lo hace con tanta emoción, como si fuera su amada, que más parecía recrear a Don Quijote intentando luchar contra aquellos gigantes imaginarios.

La plaza San Martín anuncia el final del recorrido. El Teatro Colón está en renovación. En el pasado todos quedaban impresionados ante su majestuosidad y elegancia de mármol europeo, ahora es solo un edificio más. Una pollería clausurada carga consigo lo que queda del gran edificio Giacoletti, que albergó a las tiendas más exclusivas y aristocráticas. Grafitis expresaban lo artístico, pero también su lado de protesta, y casonas antiguas con balcones y marcos de madera, aún guardan como tesoro su singular tallado. “Dios es idiota como tú” se lee en una de las puertas. Se escucha El gran varón de Willie Colón. Un hombre empuja una silla de ruedas para poder transportar a un niño que lleva los dos brazos envueltos en yeso.

La antigua ruta de los incas no tiene ningún edificio moderno, por el contrario, muchas de sus casas llevan años y algunas parecen no resistir más. Todavía parecen escucharse los pasos de aquellos jóvenes rockeros y soñadores, usando chalecos de cuero y cadenas. Tampoco hay árboles, pero eso es Quilca, siempre defendiendo su excentricidad y aquel sueño contracultural por ser parte del mapa turístico oficial, una meta que nunca se hizo realidad. Todas las canciones y poemas que fueron creados en su nombre quedarán para siempre. Quilca inspira y hace añorar. Ya no es la misma, pero siempre será recordada como el jirón de las cosas sensacionales.

*Este post es una colaboración de Gabriela García Tapia, estudiante de la carrera de Comunicación y Periodismo de la Universidad Privada del Norte.

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