El periodismo actual y posible: sobre el buen momento de la crónica en América Latina

El periodismo narrativo, un modo viejo y nuevo de practicar esta profesión, no solo se vale de las armas de la literatura para sobrevivir, sino que se coloca a la altura de los desafíos de la nueva realidad con métodos y formas renovadas de recoger información.

El periodismo actual y posible

Contra lo que se suele creer, la lectoría de publicaciones periodístisticas en la región mantiene un buen nivel. (puntomedio.mx)

Hay quienes sostienen, como Jon Lee Anderson, que el buen momento que atraviesa la crónica latinoamericana es comparable al boom literario de los años 60. También están los más entusiastas, quienes afirman que el lugar de la literatura lo ocupa hoy el periodismo y vivimos, en este sentido, un nuevo esplendor literario.

Los detractores piensan que se trata de una exageración y que si, como afirma Lee Anderson, estuviera ocurriendo ese boom deberíamos identificar cuando menos algunos factores concomitantes: un gran mercado editorial, una campaña de márquetin en el ámbito hispanohablante y un hecho histórico que funcione como un centro de gravedad para los cronistas; lo cual es muy difícil de comprobar.

La verdad es que, siendo justos, la crónica sí vive un buen momento. Y empleamos crónica en el sentido del género estrella del periodismo narrativo, ese que, sin dejar de informar, deja entrar por la puerta principal la subjetividad y aplica todos los recursos y procedimientos narrativos pertenecientes al campo de literatura, además de su lenguaje figurado.

Antonio López Hidalgo, uno de los estudiosos españoles del nuevo periodismo narrativo latinoamericano, dice que este es la expresión de lo ‘autobiográfico’ frente a la ‘retórica del distanciamiento’ que marcó al periodismo durante mucho tiempo y consagró a la ‘objetividad’ como su técnica ideal. López Hidalgo destaca, asimismo, la técnica de la inmersión como uno de los componentes principales de la crónica y del periodismo narrativo en general.

El periodismo actual y posible

Periodista estadounidense Jon Lee Anderson compara el buen momento de la crónica latinoamericana con el boom literario de los años 60.

“En el periodismo de inmersión, el profesional se introduce en un ambiente, comunidad o situación, durante un tiempo determinado, para experimentar en su propia piel las vivencias que un día contará; interactúa con los habitantes de este microespacio y después narra, desde una perspectiva personal y empática, aquellos trozos de existencia que nadie le contó sino que él mismo protagonizó”, explica López Hidalgo.

 

La inmersión no es una invención de los cronistas contemporáneos. Viene de las primeras décadas del siglo XX y se remonta a los muckrakers (periodistas rastreadores de estiércol, según el presidente Roosevelt), el Jack London de El pueblo del abismo, la Nelly Bly de Diez días en un manicomio y el mejor periodismo norteamericano de los años 60 y 70. En realidad, el antecedente más remoto es Diario del año de la peste de Daniel Defoe, que narra acerca de la epidemia de peste bubónica, llamada también Muerte Negra, que azotó a Londres en 1665.

Este periodismo de inmersión tiene algunas variantes: el periodismo gonzo, un tipo de periodismo en el que reportero vive experiencias intensas y verdaderas que ponen en riesgo su vida solo con el afán de conseguir datos de primera mano; el periodismo border, un tipo de investigación fronteriza que para conseguir sus objetivos viola en cierta manera las reglas y los principios del periodismo hasta rozar lo ilícito; y el periodismo cash y periodismo portátil, ambos conceptos introducidos por Juan Pablo Meneses. En el primero, el periodista es protagonista de la historia que cuenta y, al mismo tiempo, está inmerso en la empresa, aventura o idea que quiere narrar; y en el segundo, el periodista puede, gracias a la revolución tecnológica, realizar labores de inmersión desde y en cualquier lugar del planeta.

Este es, por ahora, el presente del periodismo narrativo, un presente más que interesante.

*Este post es una colaboración de Luis Eduardo García, director de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad Privada del Norte.

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