La oscura fascinación por los malvados de la pantalla

Los personajes que hacen el mal son imprescindibles en toda historia de ficción, y en muchos casos son recordados antes que los buenos. Los motivos de este extraño pero frecuente encantamiento en las siguientes líneas.

La oscura fascinación por los malvados de la pantalla

Netflix

En el cine y la televisión, el villano es un personaje secundario que da soporte a la historia. La historia comúnmente se centra en un personaje principal, el protagonista, quien tiene necesidad de conseguir algo. Y la búsqueda de ese “algo” le va a generar problemas y conflictos.  Y dado que sin conflictos no hay historia, para que un relato funcione la perfecta construcción del malvado antagonista es imprescindible. Sin duda, un escritor se toma más tiempo para crear al personaje malvado que al propio protagonista. Las características de este tipo de personaje deberán ser muy bien pensadas por el autor.

En la ficción el malvado no debería cambiar, nunca debería dejar de hacer el mal hasta su muerte. Y quizás después de la muerte debería seguir conspirando. Es curioso que los malos que al final se redimen no logren tanto éxito con el público como los que no lo hacen. Frank Underwood de la serie de televisión House of Cards y el Joker enemigo de Batman, por ejemplo, son personajes estáticos, nunca dejarán de hacer el mal y en eso radica su encanto. El crítico de cine Ty Burr intentó explicar esto diciendo algo muy simple: Al público le fascina el malvado porque puede hacer cosas que no nos atrevemos a hacer.

Una de las fórmulas más antiguas en la historia del cine fue el protagonismo que se le otorgó a los villanos en las películas de gángsters. Para mencionar dos ejemplos, los personajes centrales de las películas Enemigo público (1931) de William A. Wellman, y Scarface el terror del hampa (1932) de Howard Hawks, tuvieron gran éxito de taquilla y se ganaron el interés y la fascinación del público: mafia, poder, riqueza, bellas mujeres. Hasta que el gobierno norteamericano a través de los republicanos instauró la censura*.

La construcción de un personaje malvado demanda más esfuerzo que la creación del protagonista ideal. Es fácil seguir las reglas, y a veces el protagonista resulta ingenuo, crédulo, demasiado bueno. La atracción por el mal también es notoria cuando se analizan las diferencias entre el héroe y el antihéroe. Ambos luchan por la justicia, sin embargo, el antihéroe lo hace con sus propios métodos no siempre limpios. El antihéroe hace el bien a su modo y en eso radica su atractivo: La sociedad no le impone reglas de comportamiento como al héroe, y por eso es que tiene total libertad de acción.

Luis Espinal**, jesuita español, en su libro Psicología y cine (1974) analiza la identificación del espectador con los personajes de la ficción, encontrando que a través de esa identificación el observador de la pantalla supera sus problemas. (P. 63) Habla, además, de que el cine puede devenir en una “droga sicológica” que lo saca de su mundo estrecho, a través de los logros ajenos. La ficción en la pantalla logra una identificación que se facilita por los estereotipos y los gustos colectivos.

Ahora bien, ¿es posible que el espectador se identifique con el malvado? Aunque Espinal no lo dice, menciona en el proceso sicológico de la identificación que el personaje da al espectador la “evasión” y el “éxito”, lo que le ocasiona placer. (P. 64) El poder absoluto del que se vanagloria el malvado se convertirá en un manjar tentador en la mente del público. Pero la idolatría hacia el villano irá mucho más allá, cuando los actores que los interpretan se vuelven legendarios, como Heath Ledger, el inolvidable Joker de Batman el Caballero de la noche (2008).

¿Cómo debería ser un “villano encantador”?

Aunque no hay un perfil determinado, algunos especialistas en psicología han estudiado ya el tema. El danés Jens Kjeldgaard Christiansen, por ejemplo, señala algunas cualidades que son notorias en los malos de la pantalla: Ambición desmedida, poseer secretos celosamente escondidos acerca de su pasado, tener secuelas de alguna enfermedad, y en muchos casos, ser foráneo, extranjero o ajeno al grupo.

Aunque habitualmente estas características son comunes, los mejores villanos son aún más complicados. No hay que olvidar que el villano es un sociópata. ¿Por qué Walter White (Heisenberg) de la serie Breaking Bad produce la droga de más alta pureza mientras cuida con cariño y esmero a su esposa e hijos? De hecho, el villano moderno es más complejo. Y aunque terriblemente malo, nos seguirá atrayendo misteriosamente a través de las pantallas.

*Este post es una colaboración de Néstor Rivera, docente de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad Privada del Norte.

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Citas:

*En los años 60 terminó la censura impuesta por el código Hays y desde aquél entonces volvieron a aparecer películas cuyos protagonistas son los malvados. Scarface (1983) de Brian de Palma es un buen ejemplo. Y en el presente, es innegable el protagonismo que han obtenido los villanos en las series de narcotraficantes (Los modernos gángsters) vía televisión o plataformas como Netflix.

**Luis Espinal Camps (1932 – 1980) fue un religioso español, dedicado en vida al periodismo, al cine y a la lucha por los derechos humanos. Tiene una vasta obra literaria dedicada al cine y a la televisión. Pasó gran parte de su vida en Bolivia, donde fue asesinado.

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