Medios y credibilidad: una reserva que se agota

medios y credibilidad: una reserva que se agota

La República

No necesitamos remitirnos a estudios o encuestas para centrarnos en un tema actual: la mayoría de peruanos confía en los medios como fuentes de información periodística, tanto en formato analógico como digital.

No cabe duda, tampoco, que es necesario que la población se encuentre informada de los hechos que ocurren en el país, no solo por conocimiento y actualidad, sino para formarse una opinión de la realidad y actuar y tomar decisiones en consecuencia.

Sin embargo, desde hace ya muchos años vemos con pena que diversos medios de comunicación o “líderes de opinión” han dejado de lado los principios de veracidad, libertad y tolerancia en los que se basa la profesión periodística y el hacer de todo comunicador, optando por la apariencia del hecho, el cual cuanto más cercano a la nota roja o amarilla asegura clics, likes, rating, lectoría, audiencia en general.

Apariencia que se instaura en el conocimiento colectivo como la única verdad, el único vidrio para ver la realidad, acrecentada por la credibilidad que se le da al medio y por la falta de análisis que, podemos señalar, es una de las características de nuestras audiencias, mucho más de aquellas imbuidas en la inmediatez de los nuevos medios, que han aprendido a “leer” de forma natural y sin mayores filtros o reparos.

En un post anterior hablábamos del problema que la posverdad significaba no sólo para el ejercicio de la profesión sino para la sociedad en general. Como comunicadores tenemos que tener muy en claro el papel que desempeñamos en la sociedad y la responsabilidad que ello conlleva.

Hechos lamentables, tristes y repudiables se han sucedido durante estas semanas y la respuesta ante ellos de un buen número de medios y periodistas llamados serios ha estado plagada de falta de verdad, independencia y conciencia del papel que juegan en el día a día de miles de personas.

Hace poco corrió a través de diferentes medios la noticia de haberse encontrado carne no apta para el consumo humano en un restaurante chino del distrito limeño de Independencia. Una turba, como se ve en los videos difundidos, se hizo la idea de que la carne transportada (con pocas medidas de higiene, vale la pena señalarlo) era de origen canino, debido a que se encontró a un pequeño perro junto a la misma. Los medios rápidamente hicieron eco de la noticia y se habló de animales sacrificados amputados y demás. La rigurosidad, la búsqueda de fuentes adecuadas, sucumbió ante la inmediatez de la nota. Todos querían al dueño, que poco podía defenderse al no hablar español. La caricatura y el prejuicio surgieron y acabaron con la reputación del local y su propietario, azuzados por medios que hicieron eco de lo aparente, no de la realidad. Inclusive medios internacionales replicaron el hecho.

Hoy se sabe, luego de las investigaciones, que la carne no era canina. Sin embargo, en lugar de todos los minutos, bits, espacios, memes, que se dedicaron a cubrir la “noticia”, hoy la reivindicación no cubre tales espacios. Hoy la “pepa” de la noticia es que el dueño del restaurante quiere que le devuelvan a su perro, motivo de toda la confusión.

Hoy no hay notas sobre cómo el prejuicio arrasa con todos, cómo la histeria colectiva llega al extremo de la agresión física contra una persona. No hay un mea culpa de los medios ni de los agresores.

Nuestra sociedad está rodeada de mil y un problemas, no somos la mejor versión de peruanos que podríamos ser, en cada esquina se vive violencia y también la vivimos internamente. Como comunicadores debemos pensar en qué versión de país queremos vivir y ayudar a que las audiencias encuentren en nosotros verdaderas voces de crítica, de ayuda, de orientación. No podemos ser aquellos que gritan por una respuesta, imponen un micro como un arma o contribuyen a incrementar el caos cotidiano.

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