Lacrónica, según Martín Caparrós

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En América Latina hay una línea de cronistas puros y duros que tiene en Martín Caparrós uno de sus más brillantes cultores. Su libro, Lacrónica, es una de las contribuciones más grandes a un género que trabaja con las herramientas de la literatura.

Nadie ha indefinido tan bien a la crónica como Juan Villoro: el «ortinorrinco de la prosa». Si los biólogos no saben lo que es exactamente un ornitorrinco, esto quiere decir que los periodistas tampoco saben exactamente qué clase de frankenstein crean cuando escriben una crónica.

Un ornitorrinco es un animal formado con retazos de otros animales. Tiene de rana, de topo, de castor, de canguro. Y es un mamífero. La crónica es también un híbrido, tejido con hilachas que vienen de todas partes. Tiene de ensayo, de entrevista, de reportaje, de cuento, de novela y de teatro. Y es una especie del periodismo. O sea, no puede eludir a la verdad.

¿Qué crean los cronistas cuando escriben crónicas? En verdad nada que se parezca al orden o a la normalidad. No hay un modelo único de crónica. Hay modelos de crónicas, todos personales. Los cronistas engendran hijos que no se parecen nunca a ellos mismos ni a sus antecesores. La crónica es, por esta razón, un niño raro, un bebé-monstruo al que todos quieren y engríen. Ese bebé es monstruoso, pero nunca feo ni desagradable. Como el hombre elefante.

La cocina de la crónica no difiere mucho de la que posee la literatura. Un periodista, como dice Villoro, utiliza las mismas herramientas, técnicas y procedimientos que utiliza un escritor. Solo que el periodista está condenado de antemano: debe ser fiel a la realidad.

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Otro autor que ha definido de manera certera qué es y para qué sirve la crónica es Martín Caparrós, uno de los cronistas más dotados de América Latina, un grafómano en el sentido más cabal de la palabra. Caparrós, afirma en su uno de sus últimos libros, Lacrónica, que esta es “un texto periodístico que se ocupa de lo que es noticia”. “La información —tal como existe—consiste en decirle a mucha gente lo que le pasa a muy poca: la que tiene poder”, sostiene. […] Lacrónica se rebela contra eso —cuando intenta mostrar en sus historias, las vidas de todos, de cualquiera: lo que les pasa a los que también podrían ser sus lectores. Lacrónica es una forma de pararse frente a la información y su política del mundo: una manera de decirle el mundo también puede ser otro. La crónica es —ya era tiempo de empezar a decirlo— política”, dice el argentino.

En Lacrónica, Martín Caparrós interpola las mejores crónicas y perfiles que ha escrito a lo largo de su extensa labor periodística con ensayos en torno al periodismo narrativo, en uno de los cuales hace un defensa brillante sobre la subjetividad y el uso de la primera persona: “[…] la crónica dice yo para no para hablar de mí sino para decir que aquí hay un sujeto que mira y que cuenta, créanle si quieren, pero nunca se crean que eso que escribe es ´la realidad´: es una las muchas miradas posibles”.

En cuanto a la supuesta neutralidad del periodismo informativo, Caparrós parte de la idea de que la objetividad es estructuralmente imposible. Las noticias, afirma el autor de El hambre, “se presentan como contadas por nadie desde ninguna parte, producidas por una productora de objetividad, la Máquina-Periódico. Llevamos siglos creyendo que existen relatos semiautomáticos producidos por ese ingenio fantástico que se llama prensa”. La crónica y el cronista, entonces, deben asumir una actitud política y abierta para cerrarle el paso a la neutralidad hipócrita y a la ficción de que nadie cuenta las historias.

*Este post es una colaboración de Luis Eduardo García López, director de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad Privada del Norte.

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