El Desprecio de Godard

Para introducirnos en la obra del cineasta francés Jean-Luc Godard hay que situarse en el contexto del movimiento artístico del cual es uno de los exponentes fundamentales. A fines de los años 50 se producirían una serie de cambios en la forma de pensar y de expresarse en todas las formas imaginables: revoluciones pacíficas y no pacíficas, políticas, literarias, musicales, cinematográficas. El mundo cuestionaba a través de los jóvenes el orden establecido por las generaciones anteriores que, entre otras cosas, habían provocado la catástrofe de la guerra.

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Frente al academicismo del cine francés, un grupo de escritores de la revista “Cahiers du cinéma” entre los que destacaban Francoise Truffaut, Claude Chabrol y Jean-Luc Godard deciden incursionar en la realización cinematográfica proponiendo una nueva mirada, una renovación creativa libre de ataduras y mucho más ambiciosa en lo artístico.  En 1959, películas como “Los 400 golpes”, de Truffaut, e “Hiroshima mon amour”, de Alain Resnais, abrirían los ojos del mundo hacia un nuevo movimiento cinematográfico denominado “Nouvelle vague” (nueva ola), cuya propuesta se resumía en utilizar libremente los elementos del lenguaje audiovisual prescindiendo de artificios académicos (cinema qualité) y de los grandes estudios de filmación.  Aunque es cierto que la tecnología de aquél entonces ya permitía filmar en exteriores y con luz natural, no se puede negar de ningún modo el talento creativo de jóvenes cineastas que apostaron por el cambio radical. Así como Cannes premió a Truffaut y a Resnais, los críticos también se rindieron ante el genio de Jean-Luc Godard, quien con la película “A bout de souffle” dejó literalmente “sin aliento” a los espectadores de todo el mundo con una innovadora y agresiva propuesta cinematográfica.

En los años siguientes, la “Nouvelle vague” seguiría dando frutos. Para 1963, Jean-Luc Godard había realizado un puñado de interesantes películas y se había convertido en el exponente fundamental del nuevo movimiento artístico junto a Francois Truffaut. Sin embargo, el estilo impuesto en trabajos como “Sin aliento” y “Vivir su vida” sufrirá un cambio dramático en la realización de “El desprecio” (Le mépris). Para aquél entonces, Godard era una figura mundial y los estudios cinematográficos no escatimaron en gastos para poner a sus órdenes a estrellas como Brigitte Bardot, Michel Piccoli y Jack Palance. Godard asumió el reto de adaptar la novela homónima del escritor italiano Alberto Moravia y publicada en 1954. “El desprecio” cuenta el drama amoroso en forma de triángulo entre un escritor indeciso (Piccoli), una bellísima y sensual joven Camille (Bardot) y un productor soberbio y sin escrúpulos, Prokosch (Palance), a quien solo le interesa el dinero y las relaciones fáciles. En tres actos muy marcados, cual tragedia griega, contemplamos en “El desprecio” la crisis sentimental entre el escritor y su mujer y cómo ésta se acerca al productor a sabiendas de que él solo desea satisfacerse sexualmente.

“El desprecio” es la mejor forma de conocer a Godard, no solamente porque esta película marca un hito en su carrera, que de ahí en adelante será todavía más experimental, sino porque en esta película cuenta su propia vida. La novela de Moravia, al fin y al cabo, solo resulta ser un pretexto para que el cineasta francés nos cuente su vida íntima con la actriz Ana Karina, cómo se desvanece su relación con ella y cómo tiene que enfrentarse a los productores que sólo buscan recuperar su inversión y por tanto exigen historias comerciales y exitosas. La duda del personaje interpretado por Michel Piccoli es la duda de Godard frente a su propio futuro.

Pero “El desprecio” es todavía mucho más. En la película aparece el gran director alemán Fritz Lang, realizador de un clásico del expresionismo alemán y del cine mundial, “Metrópolis”, entre otros filmes de culto. Lang hace su propio papel, un director mayor, incomprendido, que tiene que lidiar con el joven y prepotente productor. Con diálogos ostentosos, frases en tres idiomas y cantidad de citas literarias, los personajes van interactuando en tres escenarios muy marcados: Los estudios Cinecitta, el departamento de la pareja y la residencia en Capri. Godard juega con la técnica audiovisual utilizando filtros de color, rompiendo la continuidad del sonido y martillando al espectador con una impresionante melodía original compuesta por el músico francés George Delerue. El “Tema de Camille” será repetido incesantemente hasta el final de la película constituyendo un bellísimo elemento original entre otros tantos que se mostrarán en este filme que no llega a durar dos horas.

“El desprecio” quizás no sea la mejor película de Jean-Luc Godard pero es una buena manera de conocer a este importante realizador francés y también la mejor forma de introducirse en el movimiento de la Nouvelle Vague que tanto ha aportado a la historia del cine.

*Este post es una colaboración de Néstor Rivera Gutiérrez-Merino, docente de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad Privada del Norte.

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