Queridas palabras

En una encuesta hecha en Santiago de Chile para celebrar los 100 años del diario El Mercurio, cien escritores de habla española clasificaron así sus diez palabras favoritas: amor, libertad, madre, alegría, Dios, verdad, esperanza, sándalo, fulgor, mar.

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En cierta oportunidad, Octavio Paz, célebre escritor mejicano, indicó que su palabra favorita era azul, pues encontraba en ella cierto matiz poético y alado. También señaló que dicho término estaba siempre presente en la mayoría de sus obras.

Nuestro compatriota Mario Vargas Llosa no se queda atrás, pues también ha tenido ciertas relaciones de amor y odio con algunos vocablos. A un diario local manifestó que uno de los términos que más lo irritaba era telúrica, una de cuyas acepciones es ser emblema del provincialismo y el subdesarrollo en el campo de la literatura. “Es un término del que hacen uso aquellos ingenuos que creen que se puede escribir buenas novelas, inventando buenos temas”.

La decisión que tomó –entonces- nuestro brillante escritor fue fulminante: procuró no utilizar dicho vocablo en la mayoría de sus obras.

El mismo camino tomó el poeta español Rafael Alberti con las palabras voluptuoso y terruño: “Odio el sustantivo voluptuosidad y sobre todo su forma adjetiva voluptuoso. ¡Horror! Se me llena la boca de saliva y se me encogen las uñas del pie izquierdo cada vez que lo escucho o lo veo escrito”. “También detesto el sustantivo terruño. En toda mi obra, poesía y teatro, jamás encontraréis estas odiosas palabras”. (Rafael Alberti, La Arboleda Perdida. Memorias).

Es que, ciertamente, las palabras tienen vida, pues encierran ellas mismas la alegría y la tristeza, el elogio o la diatriba.

Entusiasmo, por ejemplo, es una palabra bella. Basta insertarse en su profunda etimología y así lo comprobaremos. Dicho término proviene de las voces griegas enthus: dentro y theos: Dios. Literalmente significa: Dios está dentro de ti. ¿Puede haber algo más bello que ello?

Depresión, por el contrario, es un vocablo triste. Proveniente del latín depressio, que significa hundimiento, languidez, postración.

Carismático es ciertamente un gran elogio. Dicha voz proviene del griego charismata, que significa “don de dioses”. Bruto, del latín brutus, es en contraposición una terrible diatriba. Denota al hombre incapaz, salvaje, bárbaro, inculto.

Las palabras como vemos no solo rotulan, sino también al hacerlo ennoblecen y denuestan. Las utilizamos y nos utilizan, nos envolvemos con ellas y ellas se envuelven con nosotros. Si recibimos un sí de la mujer amada somos los hombres más felices; sin embargo, si escuchamos un no de sus labios, aquella felicidad se torna en infelicidad. Y ¡ojo! que solo estamos hablando de dos vocablos – el y el no – que apenas tienen dos letras y una sola sílaba, pero que, sin embargo, pueden causarnos, de acuerdo a un determinado contexto, la dicha o la desgracia.

Sintetizando, es inevitable que nos relacionemos con las palabras; más aún en nuestra condición de comunicadores. Sin embargo, a diferencia de otras profesiones, se nos exige al pronunciarlas pulcritud, precisión y objetividad en su uso. Es un reto que tenemos y a cuyo cumplimiento jamás deberíamos renunciar.

*Este post es una colaboración de Gerardo Hurtado Castillo, docente de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad Privada del Norte.

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