Una revelación que nunca se produce (fragmento)

Es posible que de todos los cientos de artículos que he escrito, solo unos cuantos puedan salvarse del olvido. El periodismo es efímero y su fuerza destructora es mayor que la del fuego purificador. Pero lo peor de todo no es el olvido, sino esa especie de esclavitud a la que el periodismo somete a sus seguidores.

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Escribir un artículo es relativamente fácil, en el sentido de que es algo que se hace con rapidez cuando uno está, digamos, más o menos entrenado. Sin embargo, el verdadero desafío no es hacerlo rápido, sino bien; o en todo caso, bien y rápido. A veces sucede que las horas y los días pasan y no brota de mi mente ningún tema. Pero se trata de una treta de mi cerebro, pues este trabaja en silencio y, cuando menos lo espero, me regala el bendito tema.

El periodismo es una forma de agonía, una manera de alcanzar algo parecido al absoluto. Hablo, claro, del periodismo que es asumido también como una forma de alcanzar la belleza. Porque esto, creo, es lo más valioso que hay detrás de esa manía de escribir cada semana: una forma de conquistar la belleza de las palabras, de las ideas o de las cosas simples de la realidad.

Los teóricos del periodismo destacan casi siempre su lado utilitario y ético, pero metiendo en lo ético solo la responsabilidad de los periodistas con la verdad y la sociedad, dejando de lado la dimensión estética de un oficio que no trasmite únicamente información, sino también placer, gusto, bienestar y comodidad espiritual. Los lectores que buscan informarse también buscan entretenerse y disfrutar de algo que esté bien escrito. Por esta razón, el deber de un periodista es primero escribir bien, sea cual sea el género que practica o el medio en el que trabaja.

La escritura es un proceso misterioso en el que las palabras aparecen una a una para establecer nexos extraños, caprichosos y hasta irracionales. Nada explica por qué un adjetivo se deja atraer por determinado sustantivo o por qué un verbo expresa la realidad mejor que otro, aun cuando se refieran a la misma realidad. Se trata de un absoluto misterio, de una situación premeditada y al mismo tiempo espontánea, donde lo más importante es lo que se deja de lado, lo que se corrige, lo que da placer efímero, y no lo que se elige. Si pudiera decirlo todo en una sola frase, diría, como Borges, que escribir un artículo es también una revelación que nunca se produce o, como la metáfora del poema de Sebastián Salazar Bondy, un frágil manjar con el que debemos dar de comer al olvido.

Tan frágil manjar. Historias, libros y personajes aspira a convertirse en una fuente de consulta, en una herramienta de motivación para nuevas lecturas y un modelo para desarrollar estilos de redacción periodística. Alumnos y aspirantes a escritores y periodistas encontrarán en este libro estímulos para cultivar la sensibilidad literaria y fuentes de identificación con historias, libros y personajes ineludibles para entender el derrotero de la literatura peruana y universal.

Luis Eduardo García

(Tomado de “Tan frágil manjar, historias, libros y personajes”)

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