Brasil en la encrucijada

Durante la última campaña electoral de cara a continuar al frente de su país, la presidenta Dilma Rousseff definió la situación de Brasil como una de calma y prosperidad. A dos meses de ejercicio de su nuevo periodo, una sucesión de casos de corrupción y el debilitamiento de los principales indicadores económicos le están dando una rotunda negativa.

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Un reciente informe de The Economist sitúa la economía brasileña en un estado delicado, con mayores problemas de los que el gobierno admite y los inversionistas parecen advertir. Los trastornos que empezaron a manifestarse hace dos años tienen ahora carácter recesivo, en tanto el real se ha devaluado más de 30% y una inflación cercana al 10% licúa los ingresos y la capacidad para afrontar deudas. A ello deben sumarse los graves hallazgos de corrupción en Petrobras, que amenazan con paralizar varias de las grandes obras de infraestructura que se ejecutan en el país, al menos hasta que los auditores finalicen su trabajo.

Superar estas circunstancias demandará un fuerte liderazgo político, según The Economist, pero la palabra de la presidenta Rousseff está debilitada. Su popularidad ha caído a 23% en febrero, especialmente por fraudes ascendentes a US$ 3,000 millones en Petrobras, en los que están comprometidos varios de los miembros del Partido de los Trabajadores (PT), al que pertenece Rousseff. Para marcar un punto de inflexión, Rousseff deberá encaminar a su país en una nueva dirección.

De acuerdo a diversos analistas, los problemas de Brasil suelen ser auto infligidos: laxitud fiscal, cuentas públicas desordenadas, falta de competitividad e intervención gubernamental en la política monetaria. Sin embargo, en favor de Rousseff debe mencionarse que ha reconocido la necesidad de afirmar políticas que faciliten los negocios a fin de retener el grado de inversión que les permita volver a la senda del crecimiento. Joaquim Levy, el nuevo ministro de Economía formado en Chicago, pareciera reunir los rasgos necesarios para impulsar el resurgimiento del gigante sudamericano, aunque deberá remediar las fallas anteriores de las autoridades para lidiar con las distorsiones macroeconómicas, que han vuelto a poner al país al borde de la recesión.

Entre tanto, la organización de las Olimpiadas de Río 2016, como lo hiciera el Mundial de Fútbol de 2014, viene generando cuestionamientos y malestar entre la población. Son más de US$ 15,000 millones los que la ciudad de Río de Janeiro prevé destinar a la construcción de infraestructura. Un reporte del diario madrileño El País refiere que este segundo proyecto de alcance global “encuentra un país psicológicamente desgastado y polarizado por las últimas elecciones”.

Es indudable que el efecto del caso Petrobras ha alcanzado al certamen olímpico. Según señala El País, “al menos siete constructoras implicadas en el escándalo participan en 11 proyectos considerados esenciales para los juegos, tanto en materia de instalaciones (Parque Olímpico de Barra o Villa Olímpica) como de movilidad urbana (Línea 4 del metro)”.

Evidentemente, nuestro vecino tiene por delante una gran tarea para reponerse de esta crítica coyuntura.

Fuentes:

http://www.economist.com/news/leaders/21645181-latin-americas-erstwhile-star-its-worst-mess-early-1990s-quagmire

http://deportes.elpais.com/deportes/2015/03/02/actualidad/1425317602_872022.html

 

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